Cuando llega el día de la madre me entra la vena tensa y reivindicativa. Soy mala, lo sé. Pero es como un resorte que me salta hace unos años.
Hoy en la comida les he prevenido: no quiero ningún festival mañana, vosotros ya sabéis lo que quiero.
Como ya no están en edad de manualidades y sus arcas andan siempre vacías, es marca de la casa, sé que esto les da un respiro. Y además, es como para saberlo.
Quiero no tener que perseguirlos para que recojan los cuartos, que cuando salgo no se enganchen al teléfono, que algún día se pongan a estudiar antes de que se lo diga. Pido que no se pongan calcetines de lana en mayo, que guarden los tupper cuando vacíen el lavaplatos, que llenen las jarras de agua de la nevera, que repongan la leche cuando se acabe. Quiero que no dejen hierba dentro de las zapatillas, que no se cambien de camiseta más de dos veces al día, que no me desaparezca el colorete, que no riñan para ver a quién le toca, que no me den bananas verdes porque soy mamá mono y lo noto...
Pero luego, cuando me den las cartas llenas de faltas de ortografía, esto se me olvidó pedirlo, tendré que leerlas sin poder poner el dedo encima. Porque eso no se hace y porque lloro a moco tendido.
Total, que mañana les preparo su plato preferido y me acuerdo mucho, mucho de mi madre.
